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7 min de lectura · Cuando no sabemos la respuesta

¿Y si no sé? Cómo responder una pregunta infantil sin inventar una respuesta

No saber no debilita la confianza: puede convertir una pregunta inesperada en una pequeña investigación compartida.

La situación real

Son las 8:12 de la mañana. Falta encontrar un zapato, preparar una colación y salir. Entonces llega la pregunta: “¿Dónde termina el universo?”. O: “¿Por qué esa persona vive en la calle?”. O una especialmente precisa sobre insectos, muerte, electricidad o el origen de una palabra. El adulto siente que debería saber. Responde rápido, cambia de tema o improvisa algo verosímil para mantener la autoridad.

La tensión es comprensible. Acompañar a un niño suele venir con la expectativa imposible de ser buscador, enciclopedia y brújula moral al mismo tiempo. Pero una pregunta infantil no siempre está pidiendo una conferencia. A veces busca una palabra. Otras veces quiere comprobar si puede hablar de un tema inquietante. Y muchas veces solo está abriendo una puerta para pensar acompañado.

Qué sabemos

Las interacciones de ida y vuelta —el niño inicia con una mirada, un gesto o una pregunta y el adulto responde de manera atenta— son importantes para el lenguaje, el vínculo y el desarrollo. La calidad está en la respuesta sensible, no en que el adulto posea de inmediato el dato perfecto.

También sabemos algo fundamental sobre la ciencia: el conocimiento confiable no nace de responder con seguridad, sino de formular preguntas, observar, contrastar explicaciones y actualizar lo que creemos. Decir “no lo sé todavía” puede modelar ese proceso. Le muestra al niño que la incertidumbre no es una falla y que una afirmación necesita alguna razón para ser creída.

Eso no significa convertir cada desayuno en una investigación de cuarenta minutos. La curiosidad necesita atención, pero una familia también tiene horarios, cansancio y prioridades. La respuesta adecuada depende de la edad, de la pregunta y de lo que el niño realmente necesita saber.

Qué significa en la práctica

Una respuesta útil puede tener cuatro movimientos muy breves:

1. Reconocer: “No lo sé con seguridad”. 2. Aclarar: “¿Qué parte te da curiosidad?” o “¿Dónde escuchaste eso?”. 3. Ofrecer una pista honesta: “Creo que tiene que ver con…, pero tendríamos que comprobarlo”. 4. Elegir un siguiente paso: buscar ahora, anotarlo para después, preguntarle a alguien o aceptar que todavía no hay una respuesta completa.

La frase “no sé” cambia cuando se le agrega una dirección. “No sé y me da curiosidad” abre. “No sé, deja de preguntar” cierra. También conviene diferenciar tres situaciones. Hay preguntas con una respuesta verificable; otras admiten varias interpretaciones; y algunas todavía están abiertas incluso para especialistas. “¿Cuántas patas tiene una araña?” no se investiga igual que “¿qué hace justa a una regla?” o “¿qué había antes del universo?”.

Cuatro cosas que podrían probar

Antes de responder, preguntar: “¿Tú qué imaginas?”. No es una prueba escolar. Sirve para descubrir qué está preguntando realmente. Si dice “¿las plantas duermen?”, quizá le interesa por qué una flor se cerró y no una definición general del sueño.

Mantengan una nota en papel o en el teléfono del adulto. Escriban la pregunta con las palabras del niño y acuerden cuándo volverán a ella: después de comer, durante el fin de semana o en el próximo viaje en bus. Volver importa más que investigar de inmediato; demuestra que la pregunta no fue una forma elegante de aplazarlo para siempre.

Elijan dos fuentes apropiadas: un museo, una universidad, un organismo científico o un libro con autor. Comparen qué dicen. Para niños mayores, agreguen: “¿Quién escribió esto?”, “¿Cómo podría saberlo?” y “¿Qué parte coincide?”. La meta no es navegar sin fin, sino practicar criterio.

Un mecánico, una abuela, una jardinera, una bibliotecaria o una científica conocen cosas distintas. Antes de preguntar, distingan experiencia y evidencia: alguien puede saber mucho por práctica, aunque no toda experiencia individual permita generalizar. Después, agradezcan y reconstruyan juntos lo aprendido.

Qué conviene evitar

Evitar fingir certeza para conservar autoridad. Si luego descubren un error, corregirlo de forma visible: “Te dije esto, pero revisé y no era exacto”. Esa reparación enseña más que sostener una respuesta falsa.

También conviene evitar la descarga automática de información. Un artículo adulto de veinte páginas puede aplastar una curiosidad pequeña. No entregar el teléfono sin acompañamiento cuando la búsqueda puede exponer al niño a publicidad, desinformación o contenidos inadecuados. Y no devolver siempre la pregunta como examen —“dime tú”— cuando el niño necesita contención o una explicación clara.